Meditación con Tara Brach

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Cuando hablo con la gente acerca de cuánto experimentan la alegría, la mayoría dice, “No tanto”. La alegría no es un visitante frecuente, y cuando aparece, es fugaz.

La alegría surge cuando estamos abiertos a la belleza y al sufrimiento inherentes a la vida. Como un gran cielo que incluye todos los diferentes tipos de clima, la alegría es una cualidad expansiva de presencia. Dice “Sí a la vida, pase lo que pase!”. Sin embargo, su escasa frecuencia nos permite conocer nuestra postura más habitual: resistir lo que está sucediendo, decir “No” a la vida que está aquí y ahora. Tendemos a anular nuestra capacidad innata para la alegría con nuestro diálogo interno incesante, nuestros intentos crónicos para evitar lo desagradable y de aferrarnos al placer. En lugar de alegría en el momento presente, tratamos de llegar a otro lugar, para experimentar algo que es mejor, diferente.

El gran escritor Francés, André Gide, dijo:
“Sepan que la alegría es más rara, más difícil y más bella que la tristeza. Una vez que hagas este importante descubrimiento, debes abrazar la alegría como una obligación moral.”

La alegría es una “obligación” porque es una expresión de nuestro potencial pleno. Solo si nos comprometemos a amar la vida, entramos plenamente en nuestra totalidad. Este compromiso significa que investigamos nuestras creencias limitantes acerca de nuestra propia bondad y valor. Significa que traemos conciencia plena a nuestros pensamientos discursivos y juicios. Y significa que desafiamos los valores de una cultura que está fijada en el crecimiento material, el consumismo, y la dominación de la naturaleza.

Hay una historia acerca de un joven monje que llega a un monasterio y es asignado para ayudar a otros monjes copiando los cánones y las leyes de la iglesia a mano. Se da cuenta que los monjes copian de copias. Va con el viejo abad para recalcar que si hubiera habido siquiera un pequeño error antes, nunca sería percibido. De hecho, el mismo continuaría en todas las copias posteriores. El abad dice, “Hemos copiado de copias por siglos, pero tienes tienes razón.” Entonces desciende a las bóvedas, en lo profundo de las cuevas debajo del monasterio donde los manuscritos originales han estado durante mucho tiempo, durante cientos de años. Las horas pasan. Nadie ve al viejo abad. Finalmente, el nuevo joven monje se preocupa mucho y baja las escaleras. Encuentra al viejo abad, golpeándose la cabeza contra la pared y llorando descontroladamente. Preocupado le pregunta, “Padre, padre, ¿qué sucede?” Y en una voz ahogada, el viejo abad responde, “La palabra era celebre! (no célibe).”

Cuando nos perdemos en conductas habituales –viviendo de acuerdo a las expectativas de otros, evitando riesgos, no cuestionando nuestras creencias- evitamos las oportunidades de celebrar la vida. La alegría sólo es posible si estás viviendo en tu cuerpo, con tus sentidos despiertos. Un entrenamiento que cultiva tu capacidad para la alegría es detenerte intencionalmente cuando tienes el mínimo brote de la sensación de “Ah… felicidad.” Cada vez que comienzas a sentir algún placer simple, a sentir algo que aprecias, detente. Se plenamente consciente de tu cuerpo, de la sensación y de estar vivo. Se consciente de tu corazón. Siente cómo es saborear plenamente la belleza de una hoja que cae, el calor de un abrazo, la tranquilidad al amanecer. No somos una cultura de saborear. Nos aferramos a nuestros placeres, pero no hacemos una pausa. No pasamos mucho tiempo con nuestros sentidos despiertos.

Observa qué sucede si te comprometes a amar la vida. Comienza por recordar hacer una pausa y saborear los placeres simples. Ten la intención de sostener suavemente las dificultades. Abre tu corazón a la vida de este momento y descubre que la alegría nunca está muy lejos.